Saturday, August 30, 2008

Carta Trigesima

vigésimo tercer día del octavo mes del año dos mil y cero ocho



“Mi patria son los amigos”
Alfredo Bryce Echenique

“Amigos. Nadie más. El resto es selva”
Jorge Guillén

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La mirada de quien escribe en estas líneas, líquida llega a las doradas hojas, a su caída batalla en lejanía, veo, en el dibujo del ave que imagina su sueño, la condición de su fragilidad, su respiración cada vez más quebradiza, conforme pesa el sol sobre su espalda de papel, que es placentera. Y origina, en sus dobleces, rutas de cicatriz y otras ligeras promesas. Mi mano, sobre la luz se extiende, para alcanzar al menos en su calor el rastro de los pasos por los siglos. El hueso de la sombra y su simiente. El páramo desnudo de la pronunciación. He ahí las palabras que no alcanzan, para poder decir, a cada quien, al menos una, una discreta sílaba, un rastro que dé el toque en el hombro. Una certeza convidada de haber mirado alguna vez desnudo el infinito cuerpo de las horas, su baile tembloroso sobre el tiempo. O haber dicho palabras en la tierra, de esas que echan raíz y se elevan en fruto. He visto palabras como esas. Por ellas es que hoy, en este instante, estas letras van dando su figura, se recuestan en cada palma abierta, plumas deshaciéndose de sueño, polvo de ave que tiembla. Si acercáramos la palma a la oreja, acaso escucharíamos que en un rincón lejano, alguien nos llama. En esa voz mínima del sueño, en su instante de sombra palidece el secreto, de todo aquello que nunca más sabremos, pero que ha de quedarse al final, como el dibujo de la mariposa en los dedos, cuando la tomas para mirarte en sus ojos y al marcharse ya ha escrito en silencio con la piel de sus alas una palabra que llevará por siempre en todo vuelo. Yo escribo para que esa palabra siga latiendo, como laten algunas cucharas pequeñas.
Atravesé el océano de tu mano para llegar al lugar de los Milagros. Ciudadano entre las golondrinas, en sus trazos pronuncié mis palabras más altas. La tarde llegó un día desembarcando del aire, y yo subí a ese vuelo a los pies del árbol de mi sangre. El nombre de ese árbol hoy llena mis días y muchas de estas letras han de pender de su follaje. Este viaje ha sido dichoso. Lleno de rutas nuevas como corresponde a un viaje no pensado. He recordado y visto. He escrito y vuelto a ver miradas. Vi, por ejemplo, en luna llena, una pequeña mano blanca sosteniendo la noche, he escrito para esos pequeños ojos un mensaje del mundo. Vi a la madre de esa mano ir más alto y llegar a una torre desde la que hoy escucha y manda, la vi con el fruto de su vientre, sonreír hasta hacerlo todo nuevo. Blanca tierra, luz fértil, mujer que se duerme entre leones, voz de la paz, mi amiga. Vi también una risa interminable deslumbrando y corriendo, atravesar los velos y los párpados dormidos, de los que estaban cerca deseando esa alegría, la he visto como el pelícano, abrir sus entrañas brillantes para con ellas alimentar a los que la queremos, vi a su hijo de nombre de poeta y en sus ojos vi que arde maravilla. Vi en los ojos de una niña reflejados otros ojos inmensos que acompañan la feliz trayectoria de la nube. Esos ojos también son mis amigos y a su vera he encontrado paz y fuerza. A esa mano de ayer que hizo en mi pecho nacimiento de llanto y libertades he traído un montón de bugambilias, la he visto construir, roca por roca, un jardín infinito que es su casa. Hoy, el llanto ha ocupado en estas letras, un espacio propicio y que fecunda, esa mano también es jardinera, y ha sembrado en mí todos los jardines. Hubo un Quicio por el que me asomé al desierto, para ver en su arena el trazo que avecina, y además una mano sosteniendo en un vientre otra mirada. En un vientre funámbulo he mirado el reflejo de un par de ojos buenos y en sus manos el fruto del trabajo hecho a lápiz y a fuerza de desvelo. Otro vientre avecina en su victoria, una Almendra o un buen Evangelista, su semilla es querida y abrazada, por aquellos que el pan tomamos juntos. Mi familia creció, una Flor ahora vive con nosotros. Yo salí de la casa de mi madre a inventar un hogar y mi familia, la familia gigante imaginaria me abrazó y me sostiene desde entonces. Conocí a una mujer clarividente que me dio un amuleto y un abrazo, y me dio caracolas y elefantes y pasillos de sándalo y oídos. En sus ojos miré mil gratitudes. Hubo quien trajo a mí una pupila de elefante que ahora me acompaña, y me dio su cariño como el agua y su abuelo y yo somos buenos amigos. Conocí tu ciudad, amiga mía, y tus calles y vi otra vez tu rostro, y vencimos las noches caminando y el calor nos soplaba en las orejas. Y comí de tu pan y de tu mesa y hoy la casa en que un día reposaras, donde no has de avisar jamás cuando llegaras, ve escribirse tu nombre en sus paredes. Has levantado un muro roto. Mil estrellas nacerán ante ti.
Caminé por tu tierra y por sus montes. Y subí escaleras salitrosas. Me perdí en los colores de los árboles y el aroma del verde me llenaba. Y reía de nuevo lo que queda en este hombre de pequeño. Y Milagros se hicieron en la mesa, y las viandas y el vino no faltaron, y el café en la mañana y las galletas, y la lluvia ligera en la ventana, todo el tiempo estuvieron ahí. Mi cabello cayó bajo tus manos, entre risas y aromas de cocina, los Gaulloises tuvieron mucho éxito, pero nada como los que fumamos, terminando la cena en la cocina. Celebré el akelarre y las canciones y una voz en mi cuello ató un pañuelo, y otro día comimos con amigos que amorosos también nos recibieron. Yo llevaba el café que me temblaba en las manos y todos nos reíamos. Tú llevaste a mis manos la libreta de la Costa azul. Tú llevaste mi mano por el mundo, sobre el mundo y al mundo nuevamente y al final de este mundo contemplamos cómo el sol resbalaba en los molinos. Desde otro molino hubo un hombre que creyó en mi palabra y mi trabajo, y me puso un lugar a su derecha, así hicimos historia y la contamos, en su mano estreché muchas mañanas luminosas miradas por volcanes. Hubo un hombre con leones en pecho, conduje en la ciudad a un lado suyo regresando de la Isla todo era, una gota de sed en el recuerdo y llegó hasta mi casa para quedarse y de nuevo su abrazo mensajero vino al mío y me dijo sus secretos. Cuatro libros salieron de mis manos, a buscar otro barco en qué posarse, mi escritura no para. Hubo quien vino a dar fotografías, de sí misma muriéndose de miedo y del miedo pasó hacia otros temblores, que hoy la llaman pidiéndole más luces. Hubo quien trajo plumas de otras alas y mantuvo su lucha a un lado mío, y luchó contra el mar toda la noche, y al final de la tormenta me mostró sus mapas. Mis amigos llegaron nuevamente desde cada lugar del universo, a uno en cama lo vi y sonreía, otro vino de lejos a abrazarme, una ha vuelto a decir que va de viaje, otra más con su ángel de la mano nos llenó de cariño y ojos rubios, de otro pude escuchar su voz diciendo un abrazo gigante, y otra más en silencio miró volar los cisnes, uno de ellos en un pequeño cofre puso su corazón que es infinito. Todos ellos barqueros. Todos ellos hermosos capitanes. Hubo pena también, unos marcharon. Muchos otros llegaron igualmente. Y al final, de tu mano fui a la ermita, que subí paso a paso en los peldaños, no había más que ese mar interminable, el sonido dormido de su furia, la cadencia sin tiempo de sus alas, en el mar había piedras y en las piedras mil palabras de sal desperdigada, y al llegar a la cumbre de la ermita, al tomar el cordel de la campana, cada rostro, las manos, los amigos, uno a uno tomaban forma todos, y la sal de las piedras escribía cada nombre y recuerdo y ceremonia, todo el mar se llenaba de esos trazos y mi brazo jaló las campanadas, sin deseo sonaron, porque entonces ahí estaba ante el mar para decirle: viejo, mira, he traído a todos juntos, mis amigos están en este toque, ahí estaban también los que hoy no digo, y los que se han marchado ahí estaban, al final de los tres toques, hubo pues, un silencio gigantesco, y fue entonces que pude ver entera, la sonrisa del mar. Otra vez, de tu mano he regresado. Y lo que hay en mí de hogar está habitado por tu nombre que escribo en todas partes.
Hoy pronuncio, las palabras más grandes que conozco.
Gracias. Amigos.

G





Casi a bordo del hermoso e insobornable Pillais...

1 Comments:

Blogger las incisiones del ave mostraron: said...

La luz no ha muerto, sólo se sofoca diría Antígona. Que mejor que un palillo de brezo para acorazar la nómina de estrellas que pasan por nuetras vidas. Que mejor amuleto que el que se sazona a la leve y delicada luz del amor.

Buenos viajes

4:17 PM  

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